De los verdiales vengo

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Suena la caracola. Los bramidos del mar son un eco inconsistente en las primeras estribaciones de la mente cuando desde la montaña desciende la panda. Entra en la plaza abarrotada de gente y los violines y los platillos le echan un pulso a las chicharras últimas del verano. La música asciende. Llega otra panda y su alcalde lanza la flecha de plumas sobre la cabeza de su guerrero guitarra más valiente. Los Montes se han transformado en una rave de sobremesa maravillosa en la plaza de Benagalbón, el choque arde y la llama puede con todos los presagios de nubes posibles.

Se mueven las borlas del sombrero de verdiales como un santón cubano mueve sus amuletos de suerte. No hay lluvia que los pueda. El sol se refleja entonces sobre los cristales pegados al fieltro de la gorra de los combatientes y parece que con sus reflejos mil pájaros de colores estuvieran anidando en las paredes de las casas encaladas que rodean el choque.

La música en su ritmo sube y sube hasta que alguien ve la caída de un Dios ufano. Las caras cambian el semblante, unos ganan, otros pierden. Pero luego quedará el partido de vuelta. En la esquina dorada de la madrugada, cuando las cuerdas aflojen su tensión y todo esto sea más bien un duelo a florete. Se ha amansado la fiera de la muchedumbre en la plaza y los recodos del viejo trazado morisco de Benagalbón se quedan para los más fieles a la fiesta. Baja el vino dulzón de la tarde. Toca el combate de los cercanos, el veredicto que más duele. Las musas se agarran a las gargantas para acariciarlas; “Vengo de los Verdiales/ de los verdiales vengo/ vengo de ver una novia/ que en los verdiales tengo”. La corona de flores de almendro de los Montes ya está tendida en la acera.

Estamos rememorando a los viejos, clamará el joven. Se verán pasar espectros como dulces tortas de Ramos entre trago y trago; El Povea, presente; Enrique España y Luis Gámez, presente; los calderones, presentes. Palomillo, Lagartijo, El Raicero y el Rubio de las Casillas, Cinco Reales, Juan Medina, los Romero, Pitele, Miguel Romero Esteo, Lolita la del Arroyo de la Adelfa, Quintín, el Sardina…. Presentes. Pepito Molina y el Pavarotti de Benagalbón, Carlos Fernández, en aquella acera, preparando como Aquiles la última de la toma de Troya. Alcalde, abanderao, caracola, bailaores, violín, tres o cuatro guitarras, tres o cuatro platillos, la formación es consistente, y si vienen de más arriba el laud o la bandurria, ya usted sabe.

Estará Benagalbón otra vez plagada de pandas este sábado cuando las playas ya han sido abandonadas como candelas que han sofocado sus ascuas. Será el momento de emprender el camino de vuelta al otoño, tomar las rampas de los Montes en sus laderas del este y subir a coger naranjas musicales a la plaza del pueblo. Allí estarán como siempre, los jueces, los cuatro elegidos para las escalinatas de la iglesia, el pueblo rugiendo a los pies de la panda, buscando la foto, encaramados a un balcón que de tanta gente se resiente y sufre. ¡Silencio! que ya entra Santo Pitar en la plaza. La contrincante que le replica y el sonido que sube y baja como en una noria infinita que disloca las tardes que huelen a salitre y luces apagadas de septiembre.

Habrá niños que correteen por entre el laberinto de piernas de los mayores. Los panderos sonarán broncos como leones que descapullen los últimos geráneos supervivientes del verano. Las tejas moras de las casas encaladas estarán echando de menos el olor a azúcar quemado de los primeros alfajores que luchen contra el invierno. Llegarán pronto. Toca un buche de aguardiente y un borrachuelo. Los Montes están de fiesta. Ya no se han encontrado dos pandas perdidas en los caminos de la vida por las noches inhóspitas de la historia. Ahora, no los apedrean, son multitudes las que se acercan hasta en autobuses para disfrutar de este santo disloque de ‘tontos’ de aquí y allá. Fellini está grabando desde su palco de nubes con Nino Rota la escena.

Veinticinco casi otoños cumple la ‘chocaera’. Cada tercero de septiembre este despiporre y este año recordando a Juan Breva. Cien años de que se fuera. El cantaor de reyes que parase el frenesí de la fiesta y convirtió el verdial en malagueña. Presente. Todas las guitarras se elevan, espadas de amor que lanza al cielo la tierra. Habrá algarabía hasta en la casa más triste de Benagalbón. No es una Fiesta de Singularidad Turística de Andalucía cualquiera. Seis mil personas van a disfrutar de un desfile de pandas, de un abanico de puestos artesanales de productos de la tierra. Van a llover aplausos, van a llover pétalos encendidos de cera. Shhhhh. Llega la caracola. Comienza la fiesta.

Francis Mármol

Periodista e investigador musical

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